Allegría Desde el primer momento tuve la impresión de entrar en un tiempo distinto. Los caballos atravesaban el agua mientras las guitarras seguían sonando detrás de la iglesia. Palmas, el taconeo de los zapatos, vino, niños corriendo, rostros quemados por...
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Allegría Desde el primer momento tuve la impresión de entrar en un tiempo distinto. Los caballos atravesaban el agua mientras las guitarras seguían sonando detrás de la iglesia. Palmas, el taconeo de los zapatos, vino, niños corriendo, rostros quemados por el sol. Todo parecía ocurrir al mismo tiempo y, sin embargo, nada tenía prisa. Como si durante unos días el mundo dejara de organizarse alrededor de la productividad, de los horarios, de la necesidad constante de demostrar algo. Alguien me dijo una frase que no he podido sacar de mi cabeza: « Les gitans sont des gens pour lesquels n’existe que le présent. » Hay en la vida gitana una relación con el mundo que parece escapar a muchas de las obsesiones contemporáneas. No porque vivan fuera de la modernidad —los teléfonos están ahí, los autos, la música amplificada, las tensiones familiares, el dinero— sino porque todavía conservan algo difícil de encontrar: una manera colectiva de habitar el presente. Las familias se mueven juntas, com
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