El brillo blanco en la pantalla de la computadora es la única fuente de luz en la soledad de mi habitación; una página vacía de Word que borré ya decenas de veces me devuelve la mirada en la oscuridad de la profunda noche que cubre el cielo. ¿Noche? ¿Ya?...
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El brillo blanco en la pantalla de la computadora es la única fuente de luz en la soledad de mi habitación; una página vacía de Word que borré ya decenas de veces me devuelve la mirada en la oscuridad de la profunda noche que cubre el cielo. ¿Noche? ¿Ya? Levanto la mirada, buscando con ojos irritados el reloj colgando de la pared que marca las 3:00 AM. — Díos santo… Murmuro con un suspiro, una mezcla de cansancio físico y mental tras horas intentando escribir una historia que me convenciera, mientras me paso las manos por la cara. Apago y cierro la computadora, resignado a pasar nuevamente una noche en vela con tal de no llegar tarde a trabajar en la panadería familiar. 6:00 AM en punto, todos los días por los últimos 13 años. Estoy agradecido. No todos pueden decir que tienen un trabajo estable y un entorno laboral cálido, pero no es el tipo de profesión a la que quiero dedicar el resto de mi vida; la literatura lo es. Hay una fuerza irresistible en la forma en que las palabras,
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