La historia se abre como un mural de siglos, trazado con hierro y sangre. No comienza en los congresos ni en los gritos de libertad, sino en los puertos donde el hierro europeo marcó la piel de América. Allí nació la colonialidad: No solo el saqueo del oro,...
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La historia se abre como un mural de siglos, trazado con hierro y sangre. No comienza en los congresos ni en los gritos de libertad, sino en los puertos donde el hierro europeo marcó la piel de América. Allí nació la colonialidad: No solo el saqueo del oro, sino la colonización del alma, del ser y del saber. La verdad viajaba en barco, y lo propio quedaba reducido a un borrador mal escrito por “salvajes”. El español llegó de paso, con la mirada fija en la veta y el corazón en el regreso. No fundaba hogares, saqueaba. Pero la riqueza hallada obligó a la Corona a inventar un sistema de dominación a sangre y fuego. En ese cruce de violencia y sobrevivencia nació el mestizaje, disfraz de las culturas originarias para no morir del todo.
Desde 1820, la pluma del periodista bendice el despojo. La Providencia les asigna el rol de civilizar. Mientras el sur se mezclaba bajo dominación extractiva, el norte se consolidaba como nación que no imita, sino somete bajo el ala de su progreso. En las e
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