Es que nos han mentido tanto, nos han vendido un San Martín de mármol, frío, un estratega militar que solo sabía de bayonetas y cargas de caballería. ¡Qué enorme falsedad! San Martín fue, ante todo, un animal político, un pensador de la liberación, un...
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Es que nos han mentido tanto, nos han vendido un San Martín de mármol, frío, un estratega militar que solo sabía de bayonetas y cargas de caballería. ¡Qué enorme falsedad! San Martín fue, ante todo, un animal político, un pensador de la liberación, un hombre de carne y hueso que sufría y sentía. Desde gurí, allá en los bancos escolares y en las plazas españolas, el ajedrez fue su gran pasión. No era un aficionado cualquiera; de grande jugaba como los dioses, con la agudeza de un maestro de primera línea. Y piensen ustedes, piensen si esa paciencia oriental para mover los peones, esa capacidad de anticipar el movimiento del adversario en el tablero, no fue la verdadera escuela donde maduró el genio que luego diseñaría, con precisión quirúrgica, la emancipación de nuestra sufrida América.
La niñez quedó sepultada bajo el peso del deber un caluroso primero de julio de 1789. Tenía apenas once años —¡once años, una criatura! — cuando el pequeño José firmó su ingreso como voluntario en el R
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