“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía.”
General Juan José Valle
El peronismo había dejado una marca indeleble: la democratización del bienestar. Ese gesto, que permitió que el goce no fuera privilegio de unos pocos, se convirtió en el...
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“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía.”
General Juan José Valle
El peronismo había dejado una marca indeleble: la democratización del bienestar. Ese gesto, que permitió que el goce no fuera privilegio de unos pocos, se convirtió en el pecado imperdonable. Que un empleado pudiera viajar, que una obrera tuviera un televisor, que el hijo del trabajador aspirara a algo más que repetir el destino de su padre: allí estaba la afrenta.
El camino hacia los fusilamientos del 56 se fue trazando con señales previas. El intento de Menéndez en 1951, las bombas en Plaza de Mayo en 1953, el bombardeo del 16 de junio de 1955, y finalmente el derrocamiento de Perón en septiembre. La Revolución Libertadora nació de ese quiebre. Lonardi quiso sostener la consigna de “ni vencedores ni vencidos”, pero la historia exigía vencidos. Rial lo dijo sin rodeos: la revolución se había hecho para que el hijo del barrendero naciera barrendero, viviera barrendero y muriera barrendero.
La Junta Con
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