La historia, cuando se la mira con la dignidad de los que no se rinden, deja de ser un frío registro de fechas para convertirse en un mural de sombras y luces, un grito que todavía retumba en las esquinas de la Patria. Aquel mediodía de junio de 1955 no fue...
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La historia, cuando se la mira con la dignidad de los que no se rinden, deja de ser un frío registro de fechas para convertirse en un mural de sombras y luces, un grito que todavía retumba en las esquinas de la Patria. Aquel mediodía de junio de 1955 no fue un rayo en medio de la nada. La historia, cuando se la mira con la dignidad de los que no se rinden, deja de ser un frío registro de fechas para convertirse en un mural de sombras y luces, un grito que todavía retumba en las esquinas de la Patria. Aquel mediodía de junio de 1955 no fue un rayo en medio de la nada. Fue un eslabón más de esa cadena de infamias que arrastramos como un grillo en el tobillo. Trescientas muertes, centenares de fusilados, y el silencio de los que mandan. Han pasado setenta años y los responsables jamás se quitaron el sombrero para pedir perdón. Al contrario: sus apellidos se reciclan, se acomodan en los sillones de los ministerios, firman decretos con la misma mano que ayer prohibía la palabra "Perón". La
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