Cuando Federico García Lorca pegó la vuelta de Buenos Aires, allá por abril de 1934, traía el alma cargada de río y la billetera, por fin, con el peso de la independencia. Tenía 36 años y, aunque él no lo sabía —o quizás su duende se lo susurraba en las...
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Cuando Federico García Lorca pegó la vuelta de Buenos Aires, allá por abril de 1934, traía el alma cargada de río y la billetera, por fin, con el peso de la independencia. Tenía 36 años y, aunque él no lo sabía —o quizás su duende se lo susurraba en las noches de insomnio—, le quedaban apenas poco más de dos años de vida. Pero, ¡qué manera de vivirlos! Fue un incendio de creación.
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