Yo me estaba vistiendo para salir a la calle cuando oí un gran escándalo en la cocina. Juan tiraba, poseído de cólera, todas las cacerolas de los guisos que hacía un momento habían excitado mi gula y pateaba en el suelo a Gloria, que se retorcía....
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Yo me estaba vistiendo para salir a la calle cuando oí un gran escándalo en la cocina. Juan tiraba, poseído de cólera, todas las cacerolas de los guisos que hacía un momento habían excitado mi gula y pateaba en el suelo a Gloria, que se retorcía. —¡Miserable! ¡Has vendido el piano de Román! ¡El piano de Román, miserable! ¡Cochina! La abuela temblaba, como de costumbre, tapando contra ella la carita del niño para que no viera a su padre así. La boca de Juan echaba espuma y sus ojos eran de esos que sólo se suelen ver en los manicomios. Cuando se cansó de pegar, se llevó las manos al pecho, como una persona que se ahoga, y luego le volvió a poseer una furia irracional contra las sillas de pino, la mesa, los cacharros... Gloria, medio muerta, se escabulló de allí y todos nos fuimos, dejándole solo con sus gritos. Cuando se calmó — según me contaron—, estuvo con la cabeza entre las manos, llorando silenciosamente. Al día siguiente vino Gloria despacio y cuchicheante a mi cuarto y me habló
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