EL ECO DE LAS TAROLAS EN LA PLAZA En la década de los ochenta, la excelencia de una escuela en Huancavelica no se medía únicamente por el rendimiento en las aulas. El orgullo institucional se disputaba también en las calles, entre el sonido marcial del...
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EL ECO DE LAS TAROLAS EN LA PLAZA En la década de los ochenta, la excelencia de una escuela en Huancavelica no se medía únicamente por el rendimiento en las aulas. El orgullo institucional se disputaba también en las calles, entre el sonido marcial del metal, la disciplina del paso firme y el arte de la música. Eran años de sana pero intensa competencia, donde la banda de guerra era el estandarte máximo con el que cada escuela salía a defender su prestigio ante todo un pueblo reunido. Pertenecer a la banda de nuestro querido "Pepín" no era un asunto cualquiera; era un alto honor reservado para quienes demostraban verdadera vocación y amor por la insignia. En aquella época, los instrumentos eran escasos y fungibles, así que el cuidado de cada pieza dependía de nuestro propio afán y devoción. Nosotros mismos arreglábamos el instrumental: parchábamos con paciencia los cueros curtidos para que el bombo retumbara en el pecho y, días antes de cada festividad, nos reuníamos a frotar las tarol
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