Caminaba hacia el hospital como un condenado camina hacia la horca. La mirada perdida en el suelo, los puños cerrados a ambos costados del cuerpo, los labios secos y los ojos cansados de tanto llorar. Cada paso le asustaba. Cada persona con la que se...
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Caminaba hacia el hospital como un condenado camina hacia la horca. La mirada perdida en el suelo, los puños cerrados a ambos costados del cuerpo, los labios secos y los ojos cansados de tanto llorar. Cada paso le asustaba. Cada persona con la que se cruzaba le parecía una sombra, una amenaza más. Los gritos en su cabeza le pedían escapar, pero no podía. Sus padres la acompañaban, uno a cada lado de ella, como los guardias guían al condenado hasta el patíbulo. En silencio, porque sabían que cualquier conversación en aquellos momentos podía resultar incómoda. Era más fácil callar como si no hubiera pasado nada. Tampoco sabían qué decirle. Ellos también tenían miedo. Había tenido unas semanas para mentalizarse, pero aún guardaba la esperanza de que jamás llegara aquel día, que nada hubiera pasado, que todo siguiera como antes, que dejaran que se desvaneciese en silencio. Que se destruyera, como Sofía quería. Ya no le importaba nada más. Una parte de ella se había rendido. La otra se odia
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