Si el Imperio romano y sus costumbres hubieran durado tanto como la civilización egipcia, aún luciríamos toga en bodas y bautizos, iríamos desnudos al gimnasio y el color púrpura haría furor temporada tras temporada. Por absurdo que parezca este escenario,...
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Si el Imperio romano y sus costumbres hubieran durado tanto como la civilización egipcia, aún luciríamos toga en bodas y bautizos, iríamos desnudos al gimnasio y el color púrpura haría furor temporada tras temporada. Por absurdo que parezca este escenario, algo así sucedió a orillas del Nilo en la Antigüedad. A lo largo de 3.000 años –¡treinta siglos!– de existencia como pueblo, los egipcios apenas cambiaron su manera de vestir, peinarse o adornar su cuerpo. Hablar de moda egipcia no es, pues, hablar de tendencias, sino más bien de tradiciones. No en vano, príncipes, escribas, sacerdotes y todos los que pudieran costearse una momificación vivían sus vidas con un ojo puesto en la eternidad. Un inmortal debía apostar por lo clásico, no había hueco para modas pasajeras en sus ajuares funerarios. Aun así, sin pecar de fashion victims, los antiguos egipcios rendían culto a la belleza. Cuidaban su higiene y su apariencia personal con extrema coquetería, tanto los hombres como las mujeres. En
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