Hay libros que, sin ser consultados, guardan polvo durante años en los estantes de las bibliotecas. Relegados.
El que dio origen a este trabajo lo hizo por más de dos décadas y media. Un cuarto siglo decolorándose en un rincón, muy lejos del alcance de mi...
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Hay libros que, sin ser consultados, guardan polvo durante años en los estantes de las bibliotecas. Relegados.
El que dio origen a este trabajo lo hizo por más de dos décadas y media. Un cuarto siglo decolorándose en un rincón, muy lejos del alcance de mi vista. Olvidado por completo. Ignorado. Sin revelarse ni llamar la atención.
Sólo recientemente, una mudanza familiar lo rescató del limbo en el que había permanecido, apretado fuertemente por dos tomos de Historia del Arte del Antiguo Egipto.
Cuando le quité la densa pelusa que tenía en su parte superior y leí el título del lomo, me sorprendí. No sabía siquiera que lo tenía.
Estaba subrayado en parte y tenía un antiguo sello que solía usar poco tiempo después de graduarme de la universidad. Por las marcas que le había hecho era evidente que no lo había leído completo.
Lo hice a un lado.
Lo dejé reposar unos cuantos días sobre mi escritorio y cuando, finalmente, me sentí cómodo en la nueva casa, me senté a leerlo.
El Abomina
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