La yunga alimenta la imaginación. La exacerba. Como espacio liminal, desdibuja la realidad y nos conduce por senderos donde seres inasibles, nacidos del deseo de creer, interrumpen la marcha para trasladarnos a un universo en el que la magia, los monstruos...
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La yunga alimenta la imaginación. La exacerba. Como espacio liminal, desdibuja la realidad y nos conduce por senderos donde seres inasibles, nacidos del deseo de creer, interrumpen la marcha para trasladarnos a un universo en el que la magia, los monstruos y las fantasías más desbordadas parecen adquirir consistencia. Allí las dudas se diluyen, el sentido crítico vacila y las certezas quedan entre paréntesis. Lo aprendido pierde fuerza y, cuando las ganas de creer terminan imponiéndose sobre aquello que convencionalmente llamamos realidad, apenas nos separa un paso de lo que muchos considerarían una forma de locura.
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