LA CRIPTOZOOLOGÍA hubiera sido impensable antes del siglo XVIII. No habría tenido razón de ser. Por entonces, la frontera entre lo posible y lo imposible pasaba por un lugar diferente al actual. La gente convivía sin conflictos con los monstruos del...
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LA CRIPTOZOOLOGÍA hubiera sido impensable antes del siglo XVIII. No habría tenido razón de ser. Por entonces, la frontera entre lo posible y lo imposible pasaba por un lugar diferente al actual. La gente convivía sin conflictos con los monstruos del imaginario. Las preguntas eran otras. No se requería probar la existencia de esas bestias con evidencias (que los criptozoólogos tanto se afanan, hoy, por encontrar). La fe y los testimonios bastaban. Pocos cuestionaban la presencia real (objetiva) de esos seres y animales extraños. El catálogo zoológico no sólo era laxo, sino también indefinido; abierto a recibir fantasías de todo calibre. Hombres salvajes de los bosques, licántropos, vampiros, dragones, incluso brujas y fantasmas, no eran objeto de cuestionamientos. Estaban entre nosotros. Componían una parte de la realidad. Oculta, sí, pero tan cierta como los inmensos bosques que poblaban la Europa de aquellos días previos al Iluminismo y la modernidad derivada.
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