Una jugarreta inocentona, trampa inconsciente de la infancia o despertar ávido de adultez se desdobla en estas páginas, se resbala impregnándolo todo de color, como la pintura violando la blancura perfecta del lienzo del pintor, corrompiendo de súbito su...
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Una jugarreta inocentona, trampa inconsciente de la infancia o despertar ávido de adultez se desdobla en estas páginas, se resbala impregnándolo todo de color, como la pintura violando la blancura perfecta del lienzo del pintor, corrompiendo de súbito su inocencia, su pureza. La coartada es la angelical estampa de un infante, ¿Materialización perfecta de Cupido o deleznable incubo de lujuria?
En la penumbra de la noche y en el silencio de la casa las miradas lascivas y las fantasías no pueden sencillamente aguardar detrás de la ventana, agazapadas en un rincón con las cortinas como única vestidura.
Las manías y las obsesiones son brazas que respingan fuera de la hoguera hambrientas de combustión, brazas que bailan a su suerte en bacanales de olores, sonidos, sensaciones, promiscuidad y ese atisbo voyeurista que peca de inocente.
Al final del carnaval lo único que nubla la visión son las cenizas y el rescoldo.
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