ELECCIONES AD PORTAS A menos de tres semanas para la primera vuelta presidencial, Colombia parece dirigida por un experimento psiquiátrico mal supervisado. Un candidato con evidentes simpatías por terroristas reciclados, discurso marxista de museo soviético...
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ELECCIONES AD PORTAS A menos de tres semanas para la primera vuelta presidencial, Colombia parece dirigida por un experimento psiquiátrico mal supervisado. Un candidato con evidentes simpatías por terroristas reciclados, discurso marxista de museo soviético y admiración apenas maquillada por modelos que han destruido países enteros, encabeza las encuestas. Y mientras tanto, el centro y la derecha siguen dedicados a su deporte favorito: despedazarse entre ellos por egos microscópicos envueltos en discursos grandilocuentes sobre “principios”. La izquierda no gana porque sea brillante. Gana porque sus opositores tienen la madurez emocional de un comité de copropiedad peleando por el color del ascensor. Pero lo más interesante —y preocupante— no es el candidato. Es el fenómeno psicológico detrás de muchos de sus seguidores. Porque una parte importante de ese voto no nace de la esperanza de progresar. Nace del placer emocional de ver caer al que consideran “privilegiado”. No es un proyecto
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