9 A Jaime lo despertó el silencio. Ese instante fugaz que tienen algunas ciudades —entre el alba y el amanecer— cuando la bola de ruido se queda quieta, suspendida encima del aro de concreto de los edificios, antes de rebotar contra el pavimento convertida...
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9 A Jaime lo despertó el silencio. Ese instante fugaz que tienen algunas ciudades —entre el alba y el amanecer— cuando la bola de ruido se queda quieta, suspendida encima del aro de concreto de los edificios, antes de rebotar contra el pavimento convertida en sonido. El niño entreabrió los ojos a una claridad borrosa, con el sentimiento de que algo faltaba, algo familiar que siempre lo despertaba en las mañanas. Su cerebro, aún adormilado, produjo una imagen: cresta altanera, ojos de punta de dardo y un caminar presumido. ¡Un gallo! ¡Por primera vez en sus once años no lo despertaba el canto del gallo! Incorporándose, se refregó los ojos con ambas manos a la vez, y miró a su alrededor. Sorprendido, se encontró sobre las gradas de piedra que daban a la puerta de un almacén y no en la pequeña cama de metal, en la habitación que compartía con su padre. Jaime se irguió asustado. El cuerpo le dolía por la forzada posición en la que había dormido. Los periódicos con los que se tapara durante
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