Cartas de ayer Una niña con trenzas y andares pizpiretos, dando saltos cadenciosos, se acercaba a la puerta del correo, que era una casa como otra cualquiera, y apartando la cortina de palillos, echaba por la ranura de la vieja puerta la carta para su amiga...
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Cartas de ayer Una niña con trenzas y andares pizpiretos, dando saltos cadenciosos, se acercaba a la puerta del correo, que era una casa como otra cualquiera, y apartando la cortina de palillos, echaba por la ranura de la vieja puerta la carta para su amiga de Madrid. Al cabo de un mes, una buena mañana, aparecía en el suelo de su casa un sobre con matasellos madrileño, al lado de una escoba de baleo. Los ojillos de la niña se encendían de alegría, y abriendo el sobre, delante de su rostro iluminado, se mostraba un texto circundado por dibujos de flores y promesas de verse ya pronto, en el verano, que no andaba muy lejos, ya con las flores de mayo llenando de perfumes y versos las tardes aldeanas
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