MI VIDA CON LA OLA
Octavio Paz
Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre
todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de
las otras, que la detenían por el vestido flotante, se
colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No
quise decirle nada,...
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MI VIDA CON LA OLA
Octavio Paz
Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre
todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de
las otras, que la detenían por el vestido flotante, se
colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No
quise decirle nada, porque me daba pena
avergonzarla ante sus compañeras. Además, las
miradas coléricas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no
podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que
ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha
salido del mar. Me miró seria: "Su decisión estaba
tomada. No podía volver." Intenté dulzura,
dureza, ironía. Ella lloró, gritó, acarició, amenazó.
Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente
empezaron mis penas. Cómo subir al tren sin que
nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía?
Es cierto que los reglamentos no dicen nada
respecto al transporte de olas en los ferrocarriles,
pero esa misma reserva era un indicio de la
severidad con que se juzgaría nuestro acto.
Tras de
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