La advertencia siempre fue
contundente: no se asomen por la
ventana a la medianoche. Si
necesitan hacerlo, asegúrense que
sea momentos antes o minutos
después, pero nunca a la hora en
punto. Mi madre jamás se
caracterizó por explicar sus
órdenes, así que no...
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La advertencia siempre fue
contundente: no se asomen por la
ventana a la medianoche. Si
necesitan hacerlo, asegúrense que
sea momentos antes o minutos
después, pero nunca a la hora en
punto. Mi madre jamás se
caracterizó por explicar sus
órdenes, así que no entendí por
qué debíamos guardarnos sin
mirar al exterior.
Tiempo concluido
De niño viví con la intriga sobre la
restricción de las ventanas, pero
mi temor siempre fue mayor, más
aún cuando un compañero de
escuela vino a casa para estudiar y
al final del día, debido a la fuerte
tormenta que azotaba la ciudad,
tuvo que quedarse a dormir.
Le advertí que pasara lo que
pasara, no se asomara a la calle
cuando el reloj estuviera
marcando las doce campanadas.
Como no pude explicarle los
motivos, simplemente desperté su
curiosidad. Todavía me pregunto
si con mis palabras, en lugar de
protegerlo, le di una sentencia
mortal.
Aquella noche estuvimos
charlando sobre cuentos de terror,
muchos de ellos leídos en páginas
de internet. Llegamos a la
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