El espantajo peludo
Hubo una vez un granjero llamado Tomás que compró una tierra a un precio bajísimo.
-Parece demasiado barato -dijo Berta, su esposa-.
¿No crees que puede haber algún
truco?
-Claro que no, mujer-respondió Tomás-Se trata de un buen...
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El espantajo peludo
Hubo una vez un granjero llamado Tomás que compró una tierra a un precio bajísimo.
-Parece demasiado barato -dijo Berta, su esposa-.
¿No crees que puede haber algún
truco?
-Claro que no, mujer-respondió Tomás-Se trata de un buen terreno.
Y es mío.
¡Todo
mío!
-¡Mío, quieres decir!
Tomás y Berta al oír estas palabras volvieron la cabeza y se quedaron pasmados al ver
un enorme tipo peludo, parado a unos cuantos metros.
Sus ojos parecían inyectados
de sangre y su nariz era tan roja y redonda como una remolacha.
Unas largas y
puntiagudas orejas asomaban entre sus pelos, tiesos como las púas de un erizo.
Le
cubrían unas barbas tan enmarañadas como las matas de espino.
Vestía una ropa andrajosa y por los agujeros de sus harapos asomaban las rodillas y
los codos llenos de pelos.
En verdad nunca habían visto nada parecido, con aquellos
brazos tan largos y los puños grandes como nabos.
-¡Fuera de mi terreno! -gritó, agitando sus brazos como las aspas de un molino.
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