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Isabel Allende
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El primer día de sol evaporó la humedad acumulada en la tierra por los meses de invierno y calentó los frágiles huesos de los ancianos, que pudieron pasear por los senderos ortopédicos del jardín.
Sólo el melancólico permaneció en su lecho, porque era
inútil sacarlo al aire puro si sus ojos sólo veían sus propias pesadillas y sus oídos estaban sordos al tumulto de los pájaros.
Josefina Bianchi, la actriz, vestida con el largo
traje de seda que medio siglo antes usara para declamar a Chejov y llevando una
sombrilla para proteger su cutis de porcelana trizada, avanzaba lentamente entre los
macizos que pronto se cubrirían de flores y abejorros.
—Pobres muchachos— sonrió la octogenaria al percibir un temblor sutil en el nomeolvides y adivinar allí la presencia de sus adoradores, aquellos que la amaban en el anonimato y se ocultaban en la vegetación para espiar su paso.
El Coronel se desplazó algunos centímetros apoyado en
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