La venus de los cheques
La conocí en alguna mañana melancólica,
y así aprendí que las tristezas matutinas son también sobornables.
Sé que otro en mi lugar habría
dado media vuelta no bien hubiera oído lo que yo
escuché, pero aquella propuesta sonaba tan...
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La venus de los cheques
La conocí en alguna mañana melancólica,
y así aprendí que las tristezas matutinas son también sobornables.
Sé que otro en mi lugar habría
dado media vuelta no bien hubiera oído lo que yo
escuché, pero aquella propuesta sonaba tan torcida
que la curiosidad pudo más que el horror.
No quedaba una sola promesa en sus pupilas, solamente amenazas.
Una de esas miradas
de las que no se sale fácil, como si dentro de ella se
hallara algún botín largamente anhelado, de modo
que dejar de mirar a esos ojos era temer en riesgo
el porvenir entero.
Bastaba con entrar apenas en
materia para que los cuchillos húmedos de sus pupilas contrabandearan luz y traficaran quimera por
las otrora herméticas aduanas del alma.
Entremos
pues allí, en materia quimérica.
Nada en esa mujer era gratuito.
Y no quiero
decir que hubiera en cada gesto una razón, aunque
sí un precio.
Números fríos, cerrados, brutalmente
sinceros.
Si quería invitarle un café, tenía que pagarle cien pesos.
Aun
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