Las miro, profundamente azules,
con un olor que trepa y se columpia
en mi recuerdo.
Violetas.
No se me ocurre ninguna palabra
para decirte; ni “gracias” ni “son muy lindas”.
Nada.
Mis manos tiemblan y los menudos pétalos se mueven,
como si un pesado...
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Las miro, profundamente azules,
con un olor que trepa y se columpia
en mi recuerdo.
Violetas.
No se me ocurre ninguna palabra
para decirte; ni “gracias” ni “son muy lindas”.
Nada.
Mis manos tiemblan y los menudos pétalos se mueven,
como si un pesado aire los moviera.
Un aire que viene de calles caminadas sin apuro,
envueltos tú y yo en un silencio,
en nada parecido a éste de ahora.
Un aire que viene de tardes con signos descifrables
por la paciencia, lenta y amiga de la ternura.
Un aire que viene de veranos
con oleajes tibios en el cauce celeste de la sangre.
Mi voz y mis palabras se han quedado en aquel tiempo.
Las busco ahora, buceando en un océano de letra
como peces escurridizos.
Las busco para dártelas y mi voz se niega…
mi voluntad se niega…
todo mi cuerpo es una negativa.
Yo no sabía, créeme que no lo sabía, me he dado cuenta ahora.
Pensé que era amor lo que hacía…
resignarme a la monotonía de nuestros días.
Que el amor había hecho
que aprendiera a callar las súplic
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