La Ciencia iniciática enseña que vivimos sumergidos en un océano fluídico, al que
ha llamado luz astral.
Este fluido es tan sensible que todo queda inscrito en él:
el más insignificante de nuestros actos, la más tenue de nuestras emociones, el más
fugaz de...
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La Ciencia iniciática enseña que vivimos sumergidos en un océano fluídico, al que
ha llamado luz astral.
Este fluido es tan sensible que todo queda inscrito en él:
el más insignificante de nuestros actos, la más tenue de nuestras emociones, el más
fugaz de nuestros pensamientos.
Según la tradición esotérica, esta luz astral está
compuesta de una materia extremadamente sutil que desprenden todas las criaturas:
los seres humanos, los animales, las plantas, e incluso las estrellas.
A este
fluido, Hermes Trismegisto lo llamó Telesma, y refiriéndose a él, dijo: «El sol es
su padre, la luna es su madre, el viento lo ha transportado a su vientre y la
tierra es su nodriza.
Evidentemente no hay que concebir el sol (fuego), la luna
(agua), el viento (aire) y la tierra únicamente como los cuatro elementos
materiales conocidos, sino como los principios cósmicos básicos a partir de los
cuales se ha constituido la materia.
Los hindús denominan akasha a esta materia fluídica.
Pero, en realidad,
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