MIÉRCOLES NEGRO
El primer miércoles del mes era un día terrible. Así, con mayúsculas. Un día que había que esperar
con temor, soportar con coraje y olvidar con prisa. Los pisos debían estar inmaculados, las sillas, sin una
partícula de polvo y las camas sin...
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MIÉRCOLES NEGRO
El primer miércoles del mes era un día terrible. Así, con mayúsculas. Un día que había que esperar
con temor, soportar con coraje y olvidar con prisa. Los pisos debían estar inmaculados, las sillas, sin una
partícula de polvo y las camas sin la más mínima arruga. Noventa y siete movedizos huerfanitos debían ser
lavados, peinados y enfundados en limpios delantales de algodón a cuadritos, además de tener que
recordarles sus buenos modales y que debían responder "Sí, señor", "No, señor", cada vez que alguno de
los síndicos del orfanato les dirigieran la palabra.
Era una ardua jornada, sí, y a la pobre Jerusha Abbott, por ser la mayor de todos aquellos huérfanos,
le tocaba siempre la peor parte. Al igual que los precedentes, este primer miércoles en que comienza
nuestra historia llegó a su término y Jerusha pudo por fin escapar de la despensa, donde había estado
ocupada haciendo sandwiches para las visitas del asilo, y encaminarse al piso de arriba para cumplir con su
tarea
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