I
EL NEGRO MANUEL
Amanecía en la hacienda de los Sancaya Jinés.
El patizambo dejaba oír sus desnudos
pies sobre el piso de madera negra; ágiles, huesudos.
Los cálidos pies se hunden en la fría tierra de chacra y su vaho tibio se confunde con la
húmeda...
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I
EL NEGRO MANUEL
Amanecía en la hacienda de los Sancaya Jinés.
El patizambo dejaba oír sus desnudos
pies sobre el piso de madera negra; ágiles, huesudos.
Los cálidos pies se hunden en la fría tierra de chacra y su vaho tibio se confunde con la
húmeda mañana; los goznes de aquella puerta despiertan chirriando cual quejido austero
y solitario; los hocicos en una extraña sinfonía resoplan en tonos distintos mientras
aquellos sacuden sus melenas briosas.
El sol en su extraño idilio con el alba acaricia apasionado las cimas de las montañas que
rodean aquel paraíso; el celeste infinito llenaba cada rincón lo pintaba todo, incluso las
almas.
En la caballeriza el huesudo caminante ensilla a una bestia.
Le acaricia las crines, soba su lomo con sus manos desgastadas, sin duda hay
complicidad entre aquellos seres hijos de la madrugada.
Aquella sería una sesión más de
aquella estación de primavera, que se asomaba ya por la colina y que se había infiltrado
en el canto de las aves, en el rocí
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