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La noche suave y tibia me envolvía.
Me tomaba en sus brazos, me
llevaba.
Sentía mi cuerpo disiparse en ella.
Tenía ya la sensación de flotar por los aires.
«Otro paso.
.
.
»
No tenía miedo.
En absoluto.
El miedo me era extraño, y si su
nombre me...
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La noche suave y tibia me envolvía.
Me tomaba en sus brazos, me
llevaba.
Sentía mi cuerpo disiparse en ella.
Tenía ya la sensación de flotar por los aires.
«Otro paso.
.
.
»
No tenía miedo.
En absoluto.
El miedo me era extraño, y si su
nombre me venía a la mente era sólo porque había temido su aparición hasta el punto de obsesionarme con él esos últimos días.
No
quería que surgiese y me contuviese, que lo estropeara todo.
«Un pasito.
.
.
»
Había imaginado que oiría el clamor de la ciudad, y estaba sorprendido por la calma.
No el silencio, no, la calma.
Los sonidos que
llegaban a mis oídos eran suaves, lejanos, y me mecían mientras mis
ojos se perdían en las luces de la noche.
«Un paso más.
.
.
»
Avanzaba lentamente, muy lentamente, sobre la vigueta de acero
que la particular iluminación había transformado en oro oscuro.
Esa
noche, la torre Eiffel y yo éramos uno solo.
Caminaba sobre el oro,
respirando suavemente un aire tibio y húmedo de sabor extraño, atrayente, embri
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