Érase una vez un niño tan pequeño que cabía en la palma de la mano.
Por ese
motivo todos le llamaban Garbancito.
Era tan pequeño, que cuando salía a la calle le
gustaba cantar:
- ¡Pachín, pachín, pachín! ¡Mucho cuidado con lo que hacéis! ¡Pachín, pachín,...
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Érase una vez un niño tan pequeño que cabía en la palma de la mano.
Por ese
motivo todos le llamaban Garbancito.
Era tan pequeño, que cuando salía a la calle le
gustaba cantar:
- ¡Pachín, pachín, pachín! ¡Mucho cuidado con lo que hacéis! ¡Pachín, pachín, pachín!
¡A Garbancito no piséis!
Sus padres le querían mucho, pues sabían que poco importa el tamaño cuando uno
es listo.
Cierto día en que su padre iba al campo, Garbancito le pidió que le dejara
acompañarle.
Caminando, caminando, llegaron al prado de coles y Garbancito saltó al suelo para
estirar las piernas.
Mientras su padre recogía las verduras para luego venderlas en el
mercado, el diminuto muchacho jugaba entre las hileras de plantas.
Jugando y saltando, Garbancito no cayó en la cuenta de que se alejaba cada vez
más de su padre.
Tras uno de sus saltos, Garbancito fue a caer dentro de una col.
El movimiento de
Garbancito captó la atención de un enorme buey que pastaba a pocos pasos de allí.
El gran animal de color pardo
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