FORTUNATA Y JACINTA
Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por
Alcira, cubierta de azahares, por Játiva la risueña; después
vino Montesa, de feudal aspecto, y luego Almansa en
territorio frío y desnudo.
Los campos de viñas eran cada
vez más raros,...
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FORTUNATA Y JACINTA
Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por
Alcira, cubierta de azahares, por Játiva la risueña; después
vino Montesa, de feudal aspecto, y luego Almansa en
territorio frío y desnudo.
Los campos de viñas eran cada
vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo que
estaban en la adusta Castilla.
El tren se lanzaba por aquel
campo triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y
ladrando a la noche tarda, que iba cayendo lentamente
sobre el llano sin fin.
Igualdad, palos de telégrafo, cabras,
charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad horizontal
sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha1
; el
humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas
hacia el horizonte; las guardesas con la bandera verde
señalando el paso libre, que parece el camino de lo
infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y las
estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran
algo bueno.
.
.
Jacinta se durmió y Juanito también.
Aquella
dichosa Mancha era un
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