Estaba solo.
-El hijo de puta te atrapó -dijo.
Un impulso ciego mientras se precipitaba a través del paisaje informático.
-Tienes que odiar a alguien antes de que esto termine -dijo la voz del finlandés-. A ellos, a mí, no
importa a quién.
-¿Dónde está...
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Estaba solo.
-El hijo de puta te atrapó -dijo.
Un impulso ciego mientras se precipitaba a través del paisaje informático.
-Tienes que odiar a alguien antes de que esto termine -dijo la voz del finlandés-. A ellos, a mí, no
importa a quién.
-¿Dónde está Dixie?
-Eso es difícil de explicar, Case.
Sintió alrededor la presencia del finlandés: olor a cigarrillos cubanos, humo encerrado en un traje de
paño mohoso, viejas máquinas rendidas al rito mineral de la herrumbre.
-El odio te hará llegar al final -dijo la voz-. Tantos pequeños detonadores en el cerebro, y tú no
haces más que dispararlos. Ahora te toca odiar. La cerradura que oculta todo el mecanismo está
bajo esas torres que el Flatline te enseñó, cuando entraste. Él no intentará detenerte.
-El Neuromante -dijo Case.
-El nombre no es algo que yo pueda saber. Pero ahora se ha rendido. De lo que tienes que
preocuparse es del hielo de la T-A. No del muro, sino de los sistemas virales internos. El Kuang es
vulnerable a algunas de esas cosa
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