“La última vez que estuve con Adelia y con Giselle fue en Palestina. Era el cumpleaños de mi hija y
me habían dado permiso para estar con ella y con mi mujer. La guerra, por aquel entonces, se me
antojaba una parodia, una fachada para el negocio de las...
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“La última vez que estuve con Adelia y con Giselle fue en Palestina. Era el cumpleaños de mi hija y
me habían dado permiso para estar con ella y con mi mujer. La guerra, por aquel entonces, se me
antojaba una parodia, una fachada para el negocio de las armas. Yo servía en el ejército de la ONU
en Israel pero, para algunas circunstancias, como la de un cumpleaños, me daban permiso para ir a
tierra enemiga, no sin riesgo, y pasarme momentáneamente de bando: por un día me convertía en
un palestino más, en un posible blanco de mis propias bombas. Giselle, mi esposa, trabajaba en la
radio de mujeres palestinas denunciando la discriminación contra sus congéneres y también los
abusos de la ONU contra su país. “Algún día”, me decía ella, “la guerra estallará en casa. Tú serás
el último enemigo que dejaré en pie. Y te haré el amor hasta que te rindas”. Giselle era una mujer
fuerte, delgada, le quedaba bien el color azul. Su pelo azabache, suave como las algas, pasaba de
sus hombros y caía natur
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