Juan Carlos Onetti - La mano
J.
C.
Onetti
LA MANO
A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas
compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:
–La leprosa.
Por su mano enguantada, la que...
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Juan Carlos Onetti - La mano
J.
C.
Onetti
LA MANO
A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas
compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:
–La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda
o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.
No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el
ungüento recetado.
Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su
mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un
exceso de cariño.
Dermatitis, había dicho el médico del Seguro.
Era un hombre tranquilo, con anteojos de
vidrios muy gruesos.
“Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros.
Pero nadie sabe
nada de eso para curarla.
Para mí, no es contagioso.
Y hasta diría que es psíquico”.
Y ella pensó que el viejo tenía razón porq
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