El paso del tiempo resulta
inexorable para el mundo y, cómo no, para
quienes pasan por él.
Un mundo formado de
pequeños microcosmos y en el que
compartimos, también en pequeñas
comunidades, nuestras alegrías, sufrimientos
y, en ocasiones, esa mezcla de...
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El paso del tiempo resulta
inexorable para el mundo y, cómo no, para
quienes pasan por él.
Un mundo formado de
pequeños microcosmos y en el que
compartimos, también en pequeñas
comunidades, nuestras alegrías, sufrimientos
y, en ocasiones, esa mezcla de sentimientos
que nos hace tan maleables como
vulnerablemente humanos.
Condición ésta
que nos atrapa en el tiempo y sus
circunstancias.
El hoy es casi adiós y el ayer nunca
piensa en el mañana.
Y el presente, aquello
que vivimos entre lo que recordamos y lo que
planeamos, con la anodina insistencia de lo
real viene a borrarnos los recuerdos de
aquel pasado que siempre nos parece mejor
y nunca presta su espacio a lo peor.
Apenas el transcurso de unos meses
nos hace cambiar el bienvenidos por el hasta
siempre.
Mucho de lo vivido, lo compartido y
quién sabe si de lo añorado pasa a formar
parte de esa mochila de recuerdos que nos
forma como personas.
Hace algún tiempo
esta tribuna servía de educativo corolario de
la vivacidad de nuestr
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